segunda-feira, 1 de junho de 2009

EL ALBINISMO DE FADANELLI

El albinismo de Fadanelli
Esta mañana he vuelto a despertarme de un sueño intranquilo. Me he vestido, he salido de casa, he echado a andar río abajo, siguiendo el sendero luminoso que lo bordea, y, al detenerme e inclinarme para beber de sus aguas, he visto mi reflejo en el cristal y me he dado cuenta de que soy albino. Entonces he pensado en Fadanelli y en la forma como influyen en nuestros sueños las conversaciones que tenemos en nuestra vida diaria. Ayer, en el recreo del instituto, no sé de qué demonios estábamos hablando, pero me dijo que en La Rioja argentina hay un pueblo donde son todos albinos. «Muy bien», recuerdo que dije. Pensé que se estaba burlando de mí, como suele hacer siempre, y que pronto los estudiantes empezarían a escribir en las mesas y en las puertas de los servicios «HUGO, COPITO DE NIEVE» o cosas así. Pero me impresionó tanto la noticia que por la tarde me metí en Google, escribí «ALBINISMO» -así, en mayúsculas- y estuve cuatro horas viendo fotografías de gente albina, palideciendo como un albino por todos los animales albinos que existen en la naturaleza, por todos esos peces albinos que viven en el fondo de las aguas y agredidos por el sol. Luego busqué «ESCRITORES ALBINOS» porque se me ocurrió pensar que los escritores, al menos quienes han aprendido a escribir en bibliotecas o cuartos poco iluminados, están todos tan blancos como la leche. Lo único que encontré sin embargo fue un libro de relatos de Hipólito G. Navarro, titulado Los tigres albinos, donde se cuenta la influencia que han tenido en su obra autores como Cortázar, Beckett o Kafka, además de una noticia bastante absurda sobre caimanes albinos encontrados en las alcantarillas de Nueva York. (Puede ser una coincidencia, pero Cortázar murió de elefantiasis; Kafka despertó una mañana, creyendo, como yo, que era un monstruoso escarabajo pelotero; y Beckett... Beckett... ¿qué hizo Beckett…? Lo único que sé es que Samuel Beckett escribió Esperando a Godot, una obra absurda, y que fue secretario de Joyce.) Ahora me doy cuenta de que apenas he leído nada y de que así nunca lograré ser escritor, sobre todo si lo que pretendo es ser escritor y no escribir. La poca literatura que conozco es aquella que estudié en la carrera, pero apenas si tengo conocimiento de autores extranjeros, quitando los que voy reseñando en el blog. Me cuesta muchísimo hablar de algo que no sea La Celestina, El Quijote o El Jarama con la gente del taller de Escritura Creativa al que asisto los miércoles como alumno. Todos saben mucho más que yo y yo sé muchos menos que todo. Sé que no tengo futuro como escritor (¿o sí?); aunque me esfuerzo día a día un poco más. De todas formas, me conecto a la Wikipedia para conocer algo más de Samuel Beckett y leo que fue galardonado con el Premio Nobel de Literatura en 1969 «por su escritura, que, renovando las formas de la novela y el drama, adquiere su grandeza a partir de la indigencia moral del hombre moderno». Nada de que fuese albino o tuviese elefantosis o se despertara una mañana como Kafka. Sin embargo, leo que el pobre Samuel era «delgado, enfermizo y lloraba constantemente». Sigo leyendo y me encuentro por fin con el dato que necesito: Beckett era cegato, no ciego, sino que, como yo, no veía más allá de sus narices, y para escribir esto tengo que escribir con mi cara pegada al monitor lo suficiente como para poder leer lo que escribo. De hecho, él, durante muchos años condujo con la cara totalmente pegada al parabrisas de su viejo Citroën 2CV. Yo no he podido sacarme el carné de coche por mis problemas de visión. Todo comienza a encajar en el puzzle de mis sueños raros y experiencias luminosas con los alumnos y la literatura. (Ahora me acuerdo: lo peor de todo ha sido después de que Fadanelli continuara hablando de los problemas de los albinos en la sociedades actuales, sobre todo en África, donde son perseguidos, mutilados y comidos después como un suculento plato gastronómico.)

(Algo más tarde, desde el ordenador del departamento del instituto, escribo en un archivo word lo siguiente: Esta mañana se me ha olvidado decir que por la noche, mientras me miraba en el río de mis sueños, traté de construirme a mí mismo mediante una pregunta insincera: «¿Cómo he llegado hasta aquí?». El río más cercano que hay de mi casa es el Jarama y está a muchos kilómetros de distancia, pero no se me ocurría nada. En tal caso, me he dado cuenta de que me había despertado dentro del sueño y, asustado por no saber si despertaría del todo, si me quedaría en aquel estado toda la eternidad, me he sacudido de verdad junto a mi esposa Virginia. En realidad, me han despertado sus ronquidos. Ella se ha vuelto de costado y ha seguido durmiendo. Nunca la agradeceré tanto como esta noche que respire de esa manera tan poco femenina. Si no hubiese sido por ella quizá ahora mismo todavía seguiría despierto dentro del sueño. Eran las tres y media de la mañana (ahora son las doce del mediodía y estoy en mi hora de descanso), me levanté de la cama, me miré en el espejo para comprobar la pigmentación de mi piel y me di cuenta de que a pesar de no ser albino sí tenía unas manchas blanquecinas en la zona del bigote. Recordé que era esa la conversación que habíamos tenido Fadanelli y yo en el recreo del instituto el día anterior. Me dijo que tenía algo blanco debajo de la nariz, pero yo me froté con la yema de los dedos sin ningún resultado. «¿Es un moco?», pregunté. «No, no, nada de eso», dijo. «Es una mancha de albino.» «¿Cómo de albino?», pregunté. Se supone que Fadanelli es mi amigo, ¿no?, pero algunas veces sus sentencias son terribles, sinceras y demoledoras. «En Argentina», comenzó diciendo, y luego añadió lo de un pueblo llamado Aicuña donde son todos albinos debido a que sólo se mezclan entre sí y lo de África y lo de si yo sabía tocar la guitarra. Le dije que no. Y él me aseguró que lo peor que me podía pasar era acabar como Johnny Winter, y eso tampoco era malo. «¿Johnny Winter?», pregunté. No quería pecar de ignorante, pero no sabía quién era. Luego lo busqué en internet y me di cuenta de que el cabrón de Fadanelli se burlaba de mí. Johnny Winter era tan albino como el gorila Copito de Nieve. Así que después de mirarme al espejo, me vestí y fui hasta el estudio. El ordenador estaba encendido porque me estaba bajando con el E-Mule Jóvenes prodigiosos, una película protagonizada por Michael Douglas, un profesor de literatura de la Universidad de Carnegie Mellon que está bloqueado como escritor. Fadanelli insiste en que el libro de Michael Chabon en que está basada la película es lo mejor que se ha escrito en lengua inglesa desde Meridiano de sangre de Cormac McCarthy, es decir, desde 1985. Bueno, teniendo en cuenta que el libro de Chabon apareció en 1995, la literatura en lengua inglesa, según Fadanelli, es un panorama desolador, aunque si la comparamos con la española goza de muy buena salud.) Después de entrar en el estudio me senté en la silla, con cuidado de no despertar a mi hija Laura, que duerme en el cuarto de al lado, y encendí el ordenador y me puse a escribir.
Ahora, sin embargo, estoy tratando de afrontar el reto de la lectura atenta y objetiva de cuanto he escrito en el blog de mi vida, El arte inútil, algo que no quita convertir, por diversas necesidades, el ensayo virtual en un juicio de valores. ¿Qué estoy diciendo? Esto es solo una prueba. En fin, por ahora no se me ocurre nada más.
Publicado por Hugo J. Platz en 12:43
(Encontrado em http://elarteinutil.blogspot.com/2009/02/el-albinismo-de-fadanelli.html)

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